Control del mercurio: un compromiso vigente para la ciencia y la sociedad

Valeria_Pfaffen

Nota de opinión por Valeria Pfaffen. Dra en Ciencias Químicas. Prof. Adjunta Dpto de Fisicoquímica FCQ – UNC. Investigadora Independiente CONICET-INFIQC

Cada 23 de febrero se conmemora el Día del Compromiso Internacional del Control del Mercurio, una fecha que invita a reflexionar sobre uno de los contaminantes más peligrosos y persistentes para la salud humana y los ecosistemas. El mercurio es un metal pesado capaz de transportarse a largas distancias a través de la atmósfera, depositarse en suelos y cuerpos de agua, transformarse en especies químicas altamente tóxicas y bioacumularse a lo largo de las cadenas alimentarias. Estas características lo convierten en un problema ambiental global que trasciende fronteras y generaciones y que requiere respuestas sostenidas basadas en evidencia científica.

La historia de la enfermedad de Minamata, ocurrida en Japón a mediados del siglo XX, marcó un punto de inflexión en la conciencia ambiental mundial. Durante décadas, vertidos industriales con compuestos de mercurio contaminaron la bahía y los recursos pesqueros de los que dependía la población local. La exposición crónica al metilmercurio provocó graves daños neurológicos, malformaciones congénitas y numerosas muertes. Este episodio evidenció las consecuencias devastadoras de la contaminación cuando no existen controles adecuados ni políticas preventivas y dio origen a un proceso internacional que culminó con la adopción del Convenio de Minamata sobre el Mercurio, orientado a reducir las emisiones y liberaciones de este elemento en todo el mundo.

A pesar de los avances regulatorios y tecnológicos alcanzados desde entonces, el mercurio continúa siendo un desafío vigente. Persiste en diversas actividades productivas y en fuentes difusas de emisión, y su capacidad de permanecer en el ambiente durante largos períodos dificulta la recuperación de los ecosistemas afectados. Incluso en regiones alejadas de los focos de emisión, pueden detectarse concentraciones asociadas al transporte atmosférico y a la deposición a gran escala. Este carácter global obliga a pensar las soluciones desde la cooperación internacional y el compromiso sostenido de los Estados, las instituciones científicas y la sociedad.

En este contexto, el papel de la ciencia resulta fundamental. Desde las ciencias químicas, el desarrollo de métodos analíticos cada vez más sensibles y selectivos ha permitido detectar el mercurio en concentraciones extremadamente bajas y comprender mejor su comportamiento en el ambiente. El monitoreo sistemático de agua, sedimentos y organismos vivos constituye una herramienta clave para evaluar riesgos, orientar políticas públicas y diseñar estrategias de mitigación. Asimismo, la investigación orientada a tecnologías más limpias y a la sustitución de procesos que utilizan o liberan mercurio contribuye a reducir su impacto futuro.

La universidad pública ocupa un lugar estratégico en este escenario. No solo produce conocimiento científico, sino que también forma profesionales con capacidad crítica y compromiso social. La enseñanza de las ciencias debe integrar la dimensión ambiental y ética, promoviendo una mirada interdisciplinaria que permita abordar problemas complejos como la contaminación química. Además, las actividades de extensión y vinculación con la comunidad favorecen la transferencia de conocimientos y la construcción de una ciudadanía informada, capaz de participar en decisiones que afectan su entorno.

En Argentina, diversas actividades antrópicas pueden contribuir a la liberación de mercurio al ambiente, y su detección en distintos compartimentos ambientales confirma que se trata de un contaminante global cuya dispersión no reconoce límites geográficos. Los sistemas acuáticos, en particular, pueden actuar como reservorios donde el mercurio se transforma en formas orgánicas más tóxicas y se incorpora a la biota. En este contexto, el monitoreo ambiental y la investigación científica resultan fundamentales para comprender la magnitud del problema y prevenir posibles impactos en la salud pública.

Recordar esta fecha también implica reflexionar sobre el modelo de desarrollo y sobre la necesidad de compatibilizar el progreso tecnológico con la protección del ambiente. La historia del mercurio muestra que los costos de la contaminación pueden ser irreversibles y afectar especialmente a las poblaciones más vulnerables. En este sentido, la ciencia tiene la responsabilidad de anticipar riesgos, generar evidencia y contribuir a la toma de decisiones informadas.

Como docentes e investigadores de una universidad pública, nuestro compromiso no se limita a la producción de conocimiento, sino que incluye la formación de profesionales capaces de actuar con responsabilidad frente a los desafíos ambientales actuales. La educación científica debe promover valores de sostenibilidad, equidad y respeto por la vida, reconociendo que la protección del ambiente es inseparable del bienestar social.

El control del mercurio, lejos de ser un tema del pasado, constituye un recordatorio de que la prevención y la vigilancia ambiental son tareas permanentes. La cooperación entre países, el fortalecimiento de las políticas públicas y el apoyo a la investigación científica son pilares indispensables para avanzar hacia un futuro más seguro. En este camino, la universidad pública y la comunidad científica tienen un rol insustituible como generadoras de conocimiento, formadoras de ciudadanos críticos y promotoras de soluciones basadas en evidencia.

Conmemorar el Día del Compromiso Internacional del Control del Mercurio es, en definitiva, reafirmar la importancia de una ciencia al servicio de la sociedad. Es reconocer que los grandes desafíos ambientales requieren respuestas colectivas y sostenidas, y que el conocimiento científico constituye una herramienta esencial para construir un desarrollo verdaderamente sostenible y justo para las generaciones presentes y futuras.

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