
Nota de opinión por María Soledad Celej. Vicedecana de la Facultad de Ciencias Químicas UNC
Uno de los desafíos es dejar de pensar la perspectiva de género como un tema específico, reservado para determinadas fechas, campañas o situaciones. Si queremos que produzca transformaciones, debe atravesar la vida cotidiana de la institución: las condiciones en las que estudiamos y trabajamos, las oportunidades para desarrollar nuestras trayectorias, los modos en que producimos conocimiento, las formas de participación y acceso a los espacios de decisión y los vínculos que construimos.
¿Qué significa incorporar una perspectiva de género en la Facultad de Ciencias Químicas? La pregunta puede parecer sencilla, pero abre muchas otras: ¿Qué brechas persisten en nuestras instituciones? ¿Cómo se construye el conocimiento científico? ¿Qué condiciones posibilitan o dificultan las trayectorias académicas y profesionales? ¿Cómo nos vinculamos y convivimos? ¿Quiénes participan de las decisiones y quiénes encuentran más obstáculos para hacerlo?
Pensar estas preguntas no implica desconocer el camino recorrido. Por el contrario, la Facultad de Ciencias Químicas cuenta con antecedentes y experiencias de trabajo en materia de género y diversidad. Desde su creación, la Comisión Interclaustros de Feminismos y Géneros (CIFeG) ha contribuido activamente a visibilizar y fortalecer la perspectiva de género en la institución y a promover un ambiente libre de violencias.
Los lactarios son un ejemplo concreto de este proceso. Creados a partir de una iniciativa de la CIFeG junto con las autoridades de la Facultad, incorporaron espacios destinados a acompañar la lactancia y compatibilizarla con las actividades de estudio y trabajo. En apariencia son espacios físicos, pero representan algo mucho más profundo: una institución que reconoce que las trayectorias universitarias no transcurren al margen de la vida, de la crianza y de las tareas de cuidado.
Sobre ese camino se inscribe el Programa Integral de Género, cuya creación buscó dar continuidad y mayor institucionalidad a un proceso que la Facultad venía construyendo. El desafío es seguir ampliando esa experiencia, incorporando las distintas miradas de quienes forman parte de la comunidad de la FCQ, y generando herramientas que permitan que la perspectiva de género atraviese cada vez más dimensiones de la vida institucional.
Este año, ese desafío se expresó en acciones diversas. Una de ellas fue la campaña desarrollada durante el mes de marzo, en el marco del 8M, que recorrió datos históricos, universitarios y científicos que permitieron mirar nuestra propia realidad: la presencia de mujeres en las aulas no se traduce necesariamente en una representación equivalente en los espacios de mayor jerarquía y decisión, y las trayectorias científicas tampoco son ajenas a las desigualdades de género.
Además, la campaña permitió recuperar parte de nuestra propia historia. Recordar a las mujeres que fueron pioneras en la Universidad y en la Facultad no es solamente un ejercicio de memoria, es una manera de preguntarnos quiénes aparecen en los relatos que construimos sobre la ciencia y quiénes permanecen invisibilizadas.
La perspectiva de género también nos invita a mirar la ciencia misma. La campaña sobre salud integral de las mujeres, realizada en el mes de mayo, permitió abordar cómo los sesgos pueden atravesar la investigación, la producción de evidencia y las prácticas de atención de la salud.
Preguntarnos qué cuerpos han sido históricamente tomados como referencia, qué problemas reciben mayor atención y qué enfermedades o síntomas fueron subestimados también forma parte de pensar críticamente la ciencia. Para una Facultad dedicada a la formación de profesionales en el área de la salud y a la producción de conocimiento científico, estas preguntas tienen una relevancia particular. La perspectiva de género no es algo que sucede por fuera de la ciencia: también puede ayudarnos a reflexionar sobre cómo producimos, enseñamos y utilizamos el conocimiento.
En julio, otra intervención permitió poner en escena una dimensión menos visible de nuestras trayectorias: el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. Intervenir el Paseo de los Pensadores fue una forma simbólica de preguntarnos quiénes sostienen las tareas que hacen posible estudiar, investigar y crear.
La propuesta tuvo continuidad en la Facultad, donde durante algunas semanas se instaló una muestra interactiva en el Edificio de Trabajos Prácticos que buscó interpelar a quienes transitan diariamente ese espacio, invitándolos a reconocer esas tareas en sus propias experiencias. Las respuestas fueron sencillas y cotidianas: “Limpio la casa cuando mi hermana está con exámenes”; “Cuando era chiquita, mi hermana me ayudaba a hacer la tarea”; “Mi mamá me hace el almuerzo para comer en la Facu”; “Mi hermana y mi mamá van a la verdulería”. Detrás de estas acciones, muchas veces naturalizadas, hay una trama de cuidados que sostiene la vida cotidiana y que pocas veces aparece cuando hablamos de trayectorias académicas y profesionales.
Pero una política institucional de género no puede sostenerse únicamente en campañas de sensibilización, también necesita formación y participación. En este sentido, durante este año se coordinó un taller de Ley Micaela destinado a docentes y se está comenzando el trayecto formativo dirigido a nodocentes. Con estudiantes, se acompañó la propuesta de formación sobre violencias digitales de la Universidad Nacional de Córdoba. Como parte de esta iniciativa, desde la FCQ se elaboraron los recursos de sensibilización y formación “Convivencia Respetuosa y Libre de Violencias” y “Uso Seguro y Responsable de Redes Sociales”, orientados a acercar estas temáticas y ofrecer herramientas para su prevención en los espacios universitarios.
Uno de los desafíos es dejar de pensar la perspectiva de género como un tema específico, reservado para determinadas fechas, campañas o situaciones. Si queremos que produzca transformaciones, debe atravesar la vida cotidiana de la institución: las condiciones en las que estudiamos y trabajamos, las oportunidades para desarrollar nuestras trayectorias, los modos en que producimos conocimiento, las formas de participación y acceso a los espacios de decisión y los vínculos que construimos.
No se trata de afirmar que todo está resuelto ni de suponer que todas las personas viven las mismas experiencias, sino de reconocer que existen desigualdades y que una institución universitaria debe generar herramientas para identificarlas, discutirlas y transformarlas.
Construir una Facultad más igualitaria implica también aprender a mirar de otra manera la institución que construimos entre todas las personas que formamos parte de ella. Mirar qué damos por sentado, qué desigualdades permanecen invisibles y qué podemos hacer, desde nuestros distintos lugares, para transformarlas. Porque incorporar una perspectiva de género no es solamente sumar nuevas acciones: es ampliar nuestra manera de comprender la Facultad y las experiencias de quienes la habitan.
